jueves, 17 de junio de 2010

Los encededores extraviados


(Ejercicio del escribidor pelmazo)

La paciencia ultraligera que se destruye con las sábanas en un entrecruce matrimonial carece de virtudes, mientras los encendedores, que carecen de GPS, nos dejan sin porros y sin visiones (También sin cigarrillos, pero esos sí están permitidos encenderlos con el pequeño cirio del altar de las abuelas).

¿A dónde se van todos los encendedores luego de una noche en un bar? Por las madrugadas se tiene, al menos, un encendedor por bolsillo y otro en la chaqueta. Si no se fuma, igual se tiene uno ya que, este pequeño artefacto que cuesta entre 50 centavos y 50 dólares (y que siempre persigue la misma finalidad –o medio-) es el pasaporte para algún abordaje. En algunos casos pasaporte guinda, en otros azul, marcando la misma diferencia de los 50 dólares y 50 centavos.

Al llegar a casa, luego de una jornada que pudo ser agitada o sosegada –depende el encendedor-, y luego de quitarnos la ropa, se piensa en dormir o en leer. Sea cual fuere el caso, en algún punto pegamos el ojo. Al despertar se camina tambaleante hacia los purillos que quedan de la noche anterior y se busca uno de esos encendedores que reposaron en los bolsillos, resultado: no hay alguno, no hay ni para encender la vela en el altar. Hay calcetines voladores, libros, remeras o camisas ennegrecidas, películas (de cámara y de cine) polvorientas, pero ya no queda ni un encendedor. Ni siquiera podríamos pillar a un duende llevándoselo porque ya nos asaltaron mientras babeábamos.

Una tierra de un nunca y dos jamases

Quizá salieron volando por la ventana. James Matthew Barrie imaginó ventanas y techos londinenses en donde caía un niño huérfano y secuestraba hermanitos para luego llevarlos con otros huérfanos y así hacerse compañía todos juntos mientras se contaban historias anhelando mamás que jamás los olvidarán. Un pirata traumado y un hada enamorada completaban el escenario, pero tengan en cuenta que aquí se habla de niños, no de encendedores.

Es complejo concebir que los encendedores se van a un lugar donde los de 50 centavos coexisten en paz con los de 50 dólares, quién sabe, quizá existe un sistema imperfecto donde unos sirven a otros, donde los de color que dejan ver su gas están sometidos a aquellos que llevan marcas en el lomo y que no tienen la cabeza descubierta. Hay otros que tal vez formen parte de las fuerzas del orden, unos que son color plata y que brillan ante cualquier luminosidad. En la tierra de un nunca y dos jamases los encendedores se encienden solos. De vez en cuando vuelven a las habitaciones de donde salieron en busca de bencina y algunos para huir de la tiranía del Zippo mayor.

O se van allá o se van con algunos duendes. Dicen que los encendedores son valorizados entre algunas especies de gnomos y duendes, ya que en algunas aldeas que están al interior de las nubes oscurece muy rápido durante las tormentas, y como no están dotados con un sistema de fluido eléctrico se sirven del fuego portátil para no perecer durante la penumbra.

Un encendedor funciona como funcionan algunas relaciones: si lo conseguiste en alguna esquina por un precio muy bajo y lo extravías, consigues otro sin preguntar de más; si es especial y te demandó cierto esfuerzo en obtenerlo, luchas para encontrarlo y que no se eche al olvido (o se vaya con un pequeño hobbit).

lunes, 31 de mayo de 2010

Dardos


Saltitos de Sabina a Foo Fighters y a la canción de mi amiga Pamela Rodríguez, a la que aún no le conozco el rostro. Solo tiene una fotografía de su mejilla y su lunar que acompañan a un bebé arropado y soñoliento, y con la que me quiebro la testa pensando en si será o no será ella.

Tengo que disculparme con mis lectores oficiales, con aquellos que pasan como el cartero, te dejan algo y luego se van, también con los que se apuntaron como seguidores y no pasan nunca (también los quiero mucho, porque si no entran eso quiere decir, quizá, que están haciendo cosas más importantes…y me alegra) No publico desde hace más de un mes. Desde esa Crónica de una muerte anunciada que no me llegó a fulminar, que me trajo desde el hades, a diferencia de Santiago Nassar que se quedó jugando a los naipes con Bobby Letts.

Trátame suavemente. Me ha tocado vivir un mes convulsionado, lleno de taras y vicios que quizá se hayan llevado un año más de los que me toca vivir, pero esta vez no se los voy a contar porque queda para mí, y probablemente para aquellos buenos amigos con los que supe compartir habitaciones, bailes, piscos, humos…

No he ido al cine. He estado escribiendo como un afiebrado. Me entrevistaron por primera vez para un estudio que un amigo publicista está realizando, una cosa así como “Bloggers universitarios”… una de esas cojudeces. Pero a mi amigo se lo agradezco mucho, aunque yo prefiera estar del lado del entrevistador y poner en aprietos al borreguito parlanchín que me cuenta y me cuenta. No solo me he dado cuenta sino que he decidido tajantemente que no me gusta ser entrevistado, no por razones lógicas ni astrológicas, sencillamente porque sudo y, aunque lo disimule muy bien, tengo esa misma sensación que cuando en la primaria me preguntaban acerca de una tarea que no había hecho.

Y para escribir hay que leer y quitarse el traje de “escritor”, “escritor joven”, “blogger”, y “blogger que busca impresionar a una vecina de mi barrio adicta a estas cosas y que a partir de ahora espero empiece a mirarme de una manera diferente” Citando la bajada del blog Hojas de vida de Heduardo (Ese broder de los dibujitos en Perú21). Así que este mes me la pasé viviendo, leyendo y escribiendo.

Cerati se jodió por fumón y no fui a su último concierto. La tía Lori salió y se quiere ir para gringolandia. Cipriani sigue jodiendo con el tema de la PUCP. Bayly sigue haciendo propaganda todos los domingos a las 10 en Frecuencia Latina. Alianza y la U fueron eliminados con ¿dignidad? Mi amigo David está más gordo. Mi amigo Alonso está más flaco. Mi amiga Licia jode y jode con que postee. El Estadio Nacional sigue en construcción. La avenida Aviación sigue en destrucción. Se acaba una temporada más de The Mentalist. Mi abuela aún no se fue de viaje así que no ha contribuido con el crimen de dejarme casa, comida y sueldo sin trabajar. El Metropolitano…ya para qué les digo. De Nayarit…(El Metropolitano…ya para qué les digo).

Te he escuchado cantar y tienes una voz envidiable, muy bella. Me has cautivado con Me estás sintiendo, y no es un saludo protocolar ni una felicitación política, la he oído cuatro veces en la última media hora. Muchas gracias por aquel premio, déjame contarle a esta sarta de galifardos de lo que estoy hablando.

Muchachos y muchachitas, disculpen por lo de galifardos, es una pequeña broma matutina. Hace un par de días recibí un premio muy bonito, una amiga (gran poeta y música) me galardonó con el “Dardo y blog de oro” (La fotografía del inicio). Esto no colinda con mi vanidad ni mucho menos con mi ego –mi vanidad se encuentra en otros ámbitos, rara vez la encontrarán en la literatura-, sino con saludar un gesto que me ha llenado de alegría y que me permite cumplir con esa regla no escrita a la que aún no falto: sonreír por lo menos una vez al día.

Queridos lectores, esta es la segunda vez que me disculpo por la falta de constancia y asiduidad en mi ritmo de publicaciones…es la segunda, pero no la última. Desde esta pequeña bitácora, este furtivo escondite de pitufo, les mando un gran abrazo. Enamórense de ustedes mismos, yo trataré de hacerlo todos los días aunque me caiga y me tenga que levantar con el rostro lleno de barro y los nudillos rojos y destruidos. Es solo un consejo de patas (como cuando el cabezón Peredo le dice a José Carlos que vaya al área).

“Soy un escritor que habla de cervezas y bebe libros, que no tiene miedo de contagiarse de locura…o de amor”

jueves, 8 de abril de 2010

El príncipe y los románticos

Para los que alguna vez oyeron esta canción alguna noche calurosa de navidad, alguna tarde de rayos amarillos de catorce de febrero –aunque a algunos no nos gusten demasiado ni el calor ni los catorces- ,o en algún capítulo de El príncipe del rap cuando Will y Jazz se pelean y luego tienen que redescubrir su amistad.

No hay nada como estar sentado en la banca de algún parque que parece haber envejecido mientras se oye una canción de Dean Martin, mirando un atardecer que ya otros han visto y que ha sido mencionado en más de un terceto o una estrofa. Personas que imaginan quizá nacieron en el tiempo equivocado, que son hombres o mujeres de otra época, para aquellos que creen que las leyes de un país deben ser éticas y no morales. Quienes creemos –quizá de manera equívoca- que los problemas más complicados no se resuelven con un fajo de billetes, sino con un abrazo y un beso en la frente. Para los que no se atreven a planear estrategias para acercarse a otro y estrecharle la mano, y más aún para los que creen que la otra persona tampoco formula alguna jugarreta pícara detrás de sus sienes al devolverle el saludo. Los románticos (Entiéndase por romántico a aquel que tiene ideales, principios, ideología, creencias y un alma noble que se desliza dentro de sí desde la mañana hasta la otra mañana, que sufre y que se entrega a las garras de la realidad porque no le queda otra que seguir los designios del albur para no morir; y no aquellos que portan canciones del guatemalteco en su reproductor y no saben regalar otra cosa sino osos de felpa) han muerto. Y si no, están escondidos en cuevas y caminan temerosos y se escudan en armaduras de titanio y en risotadas estridentes. Every minute, every hour, for someone like you. Los que nos escondemos pérfidamente. Aquellos que escuchan sus propias voces en los que la sociedad tilda de perturbados y orates, para los que no venden sus piernas ni sus plumas (ni siquiera su afinidad al chiquero capitalista ni a la piara compuesta de mercantiles). Para los que se aguantan un hijo de puta por una causa justa. Y para los que conviven día a día con sus demonios por creer que aún no se han hecho de las armas que los puedan liquidar. Para entenderlos a todos ellos solo hay que asumir una culpa…la culpa de saber que somos humanos, por lo tanto libres, por lo tanto errantes, por lo tanto hirientes, por lo tanto bípedos, por lo tantos caminantes, por lo tanto…por lo tanto… Every boy would find what i’ve found in your arms.

Un abrazo a todos ellos, y a los otros... uno más grande.

lunes, 29 de marzo de 2010

Pasajero en trance


A los lectores

Este pequeño manifiesto, al igual que la canción del maestro Charly García, me persigue ya desde hace algún tiempo. Aunque mi gran amigo, el escritor y reportero de Frecuencia Latina, Fabricio Escajadillo, me diga que los textos en primera persona son parte de una cultura pop y que el yoismo se está colando en nuestras plumas –apreciación que comparto plenamente-no puedo evitar hablar de mí en este texto.

Me he ausentado diecinueve días de este blog, y quizá catorce de las oraciones, de las figuras literarias y de los cuentos. Sin excusas baratas: no es que no haya tenido tiempo por los quehaceres de la universidad…eso no me quita mucho sueño a decir verdad. Sin embargo, este tiempo de ausencia no ha sido gratuito ya que tuve una recaída con el tema de la gastritis, lo cual desembocó en un par de días encerrado en la oscuridad de mi pieza y con una fiebre de infante. Durante unos días dejé el cigarrillo, quizá durante un par, y los días en que fumaba no pasaban de ser uno o dos rubios.

Me he embarcado en la aventura del olvido y de la superación. Si bien han pasado casi dos meses desde que mi novia me dejó, y que tardé relativamente poco tiempo en decir “voy a curar mis heridas” ,sé que estas aún no sanan, pero qué puedo hacer. Todos tenemos fantasmas y demonios que combatir, y con los cuales convivir porque ya se instalaron y ya se volvieron invasores del arenal en el que planeamos construir la ciudad de nuestras vidas. Nuestra propia metrópolis de la trascendencia. Todos guardamos secretos y a todos nos duelen los golpes, ya lo dijo Buda “el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”.

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Hace semana y media fui a visitar la tumba de mi abuelo luego de casi seis años desde el día de la inhumación. Perder a mi abuelo fue probablemente lo más doloroso de mi vida y nunca fui a visitarlo por el simple hecho de que no podía. Él está muerto pero me enseña más de lo debido. El estar de pie delante de la lápida y ver mi nombre en ella (Leonardo Ledesma, también) no fue sencillo. No le llevé flores ni algún regalo ni agua porque soy un tipo medio cojonudo que no cree que las personas estén en la tumba donde yacen sus huesos. Solo quería estar ahí, en el último de sus lugares, porque lo extraño.

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Hace unos días también me enteré de que mi madre va a ser operada en la Argentina. No es nada complicado pero no puedo evitar cagarme de miedo y derramar una lágrima al pensar en algún tema que tenga que ver con su salud. Ella solo me tuvo a mí, luego no pudo tener hijos, y debido a unas complicaciones, años más tarde, debe ser intervenida para que su pequeño problema no se convierta en un gran problema. También la extraño.No la veo hace tres años cuando fui a visitarla y, aunque a veces me haga el duro, me hace falta.

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Por otro lado, recibí un mensaje del editor de la Web del diario Perú21, diciéndome que hace un tiempo contaba con una plaza, pero que en este momento no tenía nada. Que tenía mi currículo en la mano y que, gracias a que un amigo le había comentado acerca de mí, me llamaría si se presentaba alguna opción de trabajo.

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Mi papá acaba de conseguir otro trabajito en la Argentina, uno mejor que el que tenía. Él es todo un sobreviviente y me dice que no me debo preocupar. Ahora no reniego aunque me he dado cuenta de que inconscientemente ando jodido. Aquellos que me conocen y con los que comparto un aula de clases, una cerveza o la luz de la luna durante la misma noche, saben que soy un tipo que toma las cosas deportivamente, que no quiere joderse, que no le carga los problemas a otros (aunque esto último debí aprenderlo antes de que mi novia me dejara). Sin embargo, conjuntamente con mi principio de gastritis, también me brotaron ciertas llagas en los labios. Pensé que era un producto exclusivo del calor estomacal. Ayer fui al médico y me dijo algo que no esperaba. El causante de esas pequeñas heridas fue un “cuadro de depresión e hipertensión” ¿Qué? Sí, eso mismo. Como les dije, demonios inconscientes.

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Una persona muy querida me dijo que la acompañara a empeñar unas joyas por algo de dinero. Me dio algo de pena saber que iba a dejar parte de su vida por algunos billetes. Por suerte, cuando estábamos en la Caja Municipal, pensó, valoró más el peso sentimental que la presión económica y no empeñó aquellas joyitas. Llegando a casa, un giro del exterior la sorprendió y pudo ablandar su pesar. Me dio gusto que se haya podido quedar con sus zarcillos y su aro.

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Un viernes decidí ir al teatro. En ese momento me llegó un mensaje de un amigo muy querido, el cual me había presentado mi ex novia cuando todavía éramos pareja. Este joven estudia con ella y también es su amigo, sin embargo es un tipo muy leal e inteligente. Fuimos al teatro del Británico, luego por un café y luego a caminar , sencillamente a disfrutar de la noche, de la brisa en el rostro, de varios cigarrillos y de las calles (una de ellas se llama Cavenecia y es preciosa, muy parisina, muy piafina y sesentera). Caminamos si mal no recuerdo hasta las 4 de la madrugada hablando de mil y un temas e inquietudes, el flaco me ayudó a aliviar un poco la pena y yo le ayudé a morir un poquito más rápido con tantos cigarrillos. También le dije que se apure y no sea idiota: que le diga que la quiere de una buena vez. Porque sí la quiere y es injusto que dos personas que se quieren no se lo digan. Un grande el flaco. Desgarbado y macanudo.

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No escribo hace unas semanas, pero la última vez que lo hice definí qué voy a hacer. Me he montado en una empresa literaria que imagino durará lo que tenga que durar. Voy a ponerle énfasis a los formatos medianos, le voy a dar fuerza a contar lo que deseo contar. Todavía no me peleo con algún personaje, pero le he cogido cariño a un par y animadversión a otro, a uno del que aún no escribo ni una sílaba. Este mes también aprendí a matar a mis padres literarios, a quererlos más y a matarlos, como lo hace una amante desequilibrada. Este mes compré Bestiario y lo estoy disfrutando línea por línea.

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He vuelto a jugar fútbol y a meter un par de goles, y también los he disfrutado como cuando me siento a escribir algo que no sé cómo acabará. Me he calzado en los zapatos de fútbol luego de mucho tiempo, un tiempo muy prolongado. Pensé que me sacarían ampollas o que no me dejarían correr, pero estoy ligero, la pierna derecha aún está intacta. Si bien los pulmones están para donárselos a Susan Hoefken, las piernas y la visión aún sirven.

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En este párrafo quizá sucumba, pero no puedo negar que esto ha sido de las cosas que más sonrisas me han arrancado este mes y no podía dejar de mencionarlo. En una de mis tantas noches delante de la máquina (una de aquellas noches en las que más me abraza la nostalgia) empecé a conversar con una jovencita. Hablamos durante unas horas intercambiando opiniones y ciertas anécdotas, algunos planes y tonterías. Una muchachita linda. Aún no la he visto en persona, pero sé que es capaz de usar Converse y vestidos (al mismo tiempo), usa lentes, no le gusta la playa (por suerte), tiene buen gusto musical, es ligeramente menor que yo y tiene una linda sonrisa. No pude obtener su número sino hasta hace pocos días: la he llamado dos veces y le envíe un mensaje de texto durante La Hora del Planeta. Tiene nombre de reina y cabellos de muñeca, una muñeca como la que guardaba mi abuela en su armario…vestigios de su juventud. Seguramente ella va a leer esta entrada así que quizá, y con el debido respeto, ya me jodí.

No planeo nada la verdad, solo invitarla a ir por un café una vez. La actitud de creyente de ilusiones la dejé en mi primer año de universidad. Días difíciles. Imagino que vendrán más, muchos más, duros, fríos, solos, como a mí me gustan. En estos días también aprendí que los seres humanos no somos producto de nuestras acciones, sino de nuestras verdades. Un hecho en sí mismo es como el libro de un escritor que se quedó sin ideas.

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Estos párrafos quizá pudieron haber sido tratados de forma independiente y dando inicio a otras historias, sin embargo ocurrieron en el mismo desorden, caos y tiempo. Muy parecido a como anduve caminando durante estos días...quizá un poco en trance.


miércoles, 10 de marzo de 2010

In the city of blinding lights. Oh, pareces tan hermosa esta noche en la ciudad de las luces cegadoras


A Giannina Negrillo Cuba. Porque un hombre que incumple una promesa está condenado a incumplir otra.

Se colocó los anteojos y empezó a digitar sin penas, con la misma tentación que la de Orfeo, con las mismas lágrimas que las Asterión… sin los cojones de Perseo.

Sé que te prometí que no iría a París. Después de esta noche ya no podré ver tus ojos empapados de recuerdos. Espero que no despiertes por el golpe de las teclas… te estoy mirando, estás a tan solo dos metros, en esa camita, en ese colchón vetusto que aún tiene nuestras siluetas dibujadas y que conserva el olor a madera mojada. Huélelo, huélelo mientras ya no estoy, huélelo, pruébalo, derrama tu lengua si es necesario para que te asquees de mi sabor, de mi olor, de eso a lo que le solías llamar amor. Ya no tendrás ni el placer ni la obligación de acurrucarte en mi hombro luego de haber hecho el amor en todas las cavidades de mi habitación, entre la cama y el aparador, de pie frente al pequeño mostrador, en el sillón a rayas que decías te hacía sudar y que por eso siempre querías regresar ahí, de seguir haciendo el amor, de morderme más de veintiséis veces desde mi pecho hasta mi frente. No puedo decirte que no me voy a ir, las cosas nunca salen como yo las quiero, pero las que salen las quiero mucho. Mira cuánto amor derramamos por todos lados. Cada instante entre tecleo y tecleo siento que es un instante que probablemente nunca se justifique, y que probablemente nunca exista, ni siquiera en estas líneas, porque es probable que cuando no veas mi maleta por la mañana y por la tarde mi contestadora de voz de diga que yo ya no existo, no vas a querer leerlas. Tal vez rompas el sobrecito…tal vez lo rompas en este momento, y quizá si en este momento no está roto, esté muy mojado, mojado y salado; como la última vez que sentí tu piel deslizarse y friccionar con la mía. Anoche, con frío, con la garúa estampada en los cristales sin cortinas como si las gotas fueran insectos de una sola familia que se desvanecen por el efecto de la evaporación, tuve miedo. Decirte que otro no te podrá hacer lo que yo te hice es pretencioso, y arrogante, pero es verdad…aunque existe la posibilidad de que sea mejor, pero yo no lo creo. Mis yemas calientes en tu abdomen que levantan tu camiseta y se deslizan hacia tus senos mientras me das la espalda, mientras te contorneas y se te desabrocha el sujetador, mientras te beso el cuello y escucho tus latidos y tu respiración a ritmo de fondista…nunca más todo aquello. El dar la vuelta y sentir tus pezones erguidos contra mi pecho no tiene punto de comparación con la lectura más sublime del mejor poema escrito por el mejor poeta, no se parece en nada a la salvación que hace mucho me prometieron y que dudo llegue algún día. Jamás va a llegar esa salvación, pero creo que luego de esa sensación táctil podría morir tranquilo, eso significa que podré irme tranquilo, sin deberle nada a este mundo y sin creer que me debe algo por las noches o por las mañanas. A estas alturas ya debes haber destruido esta carta o ya debes estar quemando mis fotografías, o quizá no hayas hecho nada de eso y estés agradeciéndome por lo hijo de puta que soy, repitiéndote una, dos, y tres veces que se te acabó el calvario con este hombre de mierda, que qué bien que ya se fue, que un tipo que te deja una carta en la mañana luego de haberte hecho el amor por la madrugada es un tipo cobarde, mediocre y muy miedoso para enfrentar el reto más grande del que puede participar una persona: el de ser feliz. Perdón, nunca te olvidaré, no dejes que tu cerebro interfiera en tu corazón…y viceversa, porque un corazón se rompe solo cuando existe existen dos individuos. Ahora ve, ve y hazle el amor a otro tipo, pero que esta vez sea menos cobarde y, si es preciso odiarme, ódiame, odia con la misma pasión con la que alguna vez me dijiste te amo”.

Cogió un sobre, introdujo el papel y lo selló con un beso. Se levantó sin titubear y desapareció como Eurídice.

viernes, 12 de febrero de 2010

Fiesta: la historia vista con mis ojos de niño



Los personajes de esta historia son reales y, aunque no menciono nombres, son bastante identificables por quienes me conocen. Cuento autobiográfico o biografía ficcionada, nunca me quedé contento con ningún termino así que es vuestro privilegio elegir el que más les plazca. Nota a parte, y creo que no me falta razón, con todo el cariño que aún le guardo a las féminas de este relato: un poco de sexo más seguido no les caería mal. Gracias.

Había una vez tres jovenzuelos muy distintos: la cara pálida del primero delataba de manera cómplice sus rasgos duros, muy marcados, la nariz espigada pero no grotesca, los músculos ubicados con total simetría uno del otro y su cabello bien peinado, de lado y castaño. El segundo era un larguirucho narigón, de brazos cortos y cabello ondulado, con una mirada risueña y sonrisa taruga, sus anteojos hacían que su frente se viera aún más pequeña de lo que es. El tercer muchacho era yo. El primero de los chicos diría “Es negro, ha engordado un poquito y tiene unos lentes grandes, más o menos como los de Spike Lee”, el segundo se referiría a mí como “El zambo es chévere, está misio, debió seguir jugando fútbol”.

Fue viernes el día en el que los dos muchachos y yo les propusimos a un par de muchachitas salir a dar una vuelta de noche por Lima. Ellas, recién bajadas del avión, querían festejar cual quinceañeras el simple hecho de poder respirar aire, la subida del dólar, la liberación de Crousillatt, o cualquier otro pretexto soso para desempolvar sus trajes tornasolados o platinados y sus zapatos puntiagudos.

Eran dos muchachas ligeramente lindas, de las que el maquillaje no se debería escapar. Debíamos esforzarnos un poco para encontrar cierta belleza, sin embargo, lo más preocupante era que mientras transcurría el tiempo debíamos esforzarnos más aun para encontrar su simpatía. A aquellas dos chicas se les unieron dos más. Ya iban cuatro, de las cuales sentíamos que una sobraba o que, en su defecto, uno faltaba.

Llegamos a un casino limeño llamado Fiesta, ubicado en Miraflores. Por fuera las luces se estampaban contra los parabrisas de los automóviles y contra el rótulo de Vivanda. Un letrero de tamaño regular se posaba en la entrada y dos de las chicas decidieron fotografiarse junto a él mientras posaban de manera calendarizada con una sonrisa blancuzca, casi fulgurosa.

Ya adentro, los siete nos sentamos a una mesa, pedimos la carta y ordenamos algunas cervezas para los hombres y unos piscos sours para ellas. Yo ordené una Heineken, mi hermano el blanquiñoso una Cristal y el narigón nada. Mientras bebía con delicia y cierta calma mi cerveza –porque había pagado 12 soles por la botella, cuando regularmente pago 4 en la calle- cogí mis audífonos y encendí el reproductor. Sonaba ACDC. Fuera de mi universo, las chicas, que ya me estaban aburriendo con sus miradas delatoras y de insatisfacción, movían sus mofles a ritmo de cumbia o alguna canción de moda. Lo confieso, una era más linda que la otra, pero no creo que hubiese servido para algo más que una noche en una cama de hotel.

El problema llegó con la cuenta. La camarera tuvo una confusión y nos cobró todo junto cuando cada uno debía pagar lo que había ordenado. Al parecer a la guapa mesera también se le olvidó mencionar que, a parte de lo consumido, cada uno debía abonar cinco soles más por algo que ellos llaman “derecho de tenedor” (la verdad yo no vi alguno, y tampoco probé bocado, así que no tenía mucho sentido). Una de ellas mencionó que la cuenta ascendía a 120 o 130 soles, no recuerdo muy bien, pero tras la confusión también mencionó que para ellas eso no era nada, así que pagó la cuenta de todos, y por lo que me enteré luego, anduvo diciendo que éramos unos misios, que no teníamos dinero, conchudos, arrimados y miserables. Guardadito se tenía el prejuicio la muy pendeja.

La noche se nos jodió. Yo solo quería llegar a casa y echarme a la cama a leer o ver televisión. Mis amigos, algo más diplomáticos quisieron quedarse…. y yo, algo más tarado, los seguí. Ellas compraron su alcohol y nosotros observábamos como se contorneaban en la pista a ritmo de baladas caribeñas. Por si lo olvidé, luego del altercado de la cuenta, un amigo se nos unió. Un cuarto muchacho, simpático, bonachón, con auto –por ese lado ellas estaban contentas, aunque debo rescatar que a una de las cuatro el auto, el dinero y algunas gollerías le importaban poco-. Tras seguir con sus pasos provocativos de bailes de tubo y con los shots de tequila que venían y se iban de la mesa, decidimos irnos.

Las volvimos a ver una vez más antes de que regresaran al país del Tío Sam y no más. Ahora, desde miles de kilómetros nos escriben indirectas muy directas y nos dicen con la mayor desfachatez que somos unos miserables, que nos arde en el culo que nos molestaran y que nuestra conchudez supera cualquier grado de tolerancia de su parte. Cierto, también ponen en duda nuestra hombría por no querer invitarles una cerveza o por no dejarnos fotografiar junto a ellas. Yo, por mi parte puedo decir, no tenía dinero. Si lo hubiera tenido les hubiese invitado algunos tragos aunque quizá hoy me estuviese arrepintiendo. No valían la pena. Tanto tienes tanto vales, yo no tenía un carajo así que no valía-ni valgo- nada (Dicen o piensan estas muchachitas).

Prefiero volver a mis cuentos y vivir en ese mundo abstracto que ellas tanto critican, si me arde el culo entonces me arde. Lo bueno de pensar y hablar como niño cuando se es grande es que las cosas no me duelen como niño. Ahora iré a dormir sintiendo que mis ojos de niño ven con más claridad lo que le pasa a mi yo de grande.

jueves, 21 de enero de 2010

Yo soy el malo


“Tal vez ya hayas leído en El Sol de México los dos textos que les di después de mi maravilloso mes en Cuba. Creo que puse en ellos mucho amor y mucha objetividad al mismo tiempo; aunque como es natural ya he oído los rumores consabidos: Cortázar vendido a Cuba, le hace una propaganda desaforada. Como buen argentino mal hablado mi respuesta es cortés pero inequívoca: la puta que los parió”.

Julio Cortázar


Yo soy el malo porque no valoro el fin, pero si valoro el medio. Porque prefiero trabajar para trabajar y no para cobrar, y luego de haber cobrado comprar un par de películas piratas que veré en un DVD al que le tuve que cambiar el lector para que las leyera. Yo soy el malo por pensar que en este mundo los únicos que leen son los reproductores de DVD y no las personas. Yo soy el malo por responder preguntas retóricas con sarcasmos, y comentarios sarcásticos con preguntas retóricas. Yo soy el malo por haber mencionado –en mis días de menos lucidez (Si es que tengo días de lucidez)- que hubiera sido mejor no nacer en vez de vivir así. Un maldito hijo-de-la-gran-puta. Un cabrón de mala entraña como Jaime Bayly, Carlos Cacho, Alan García, Hernán Garrido Lecca y como mi prima Gisella y su marido. Yo soy el malo por refutarle a mi abuela de 79 años que no es mi obligación retribuirle a mis padres lo que ellos han hecho por mí, que soy un ser independiente y libre y que lo que haga con mi vida solo a mí me concierne y no a ellos, que no tengo por qué esforzarme con la idea de comprarles una casa cuando tenga éxito (Podría decir “si tengo éxito”, pero también soy el malo por eso, porque no pienso decirlo. Yo soy el malo, gaznápiro, porque digo “cuando tenga éxito”). Yo soy el malo por renegar inconscientemente de algunas situaciones que digo puedo aceptar. Yo soy el malo por apreciar más a aquellos que no se traicionan a sí mismo en vez de aquellos que no se atreven a traicionarme. Yo soy el malo por decir que la persona a la que más quiero en este mundo no soy yo, y ni siquiera podría incluirme en un decálogo “Personas a las que más quiero”, y soy el malo por decir “en este mundo” cuando soy totalmente consciente de que no creo en otros mundos. Yo soy el malo por decir que no les voy a comprar una casa pero que jamás les voy a negar un te amo. Yo soy el malo porque nunca les negaré el agua, el aire, la casa, o lo que sea que me pidan. Yo soy el malo porque no voy cuando “podrían estarlo matando a uno y tú ni te apareces”… y a los diez minutos me aparezco, porque yo soy el malo. Yo soy el malo que dice que no le interesa hacer dinero y que vive con esa idea poco respetada entre los círculos familiares, políticos, amicales. Yo soy el malo por decir “no me gusta el sol, el calor, el verano e ir a la playa” cuando me dicen “¿Vamos el domingo a la playa?”… Si iría pero la verdad estoy gordo y no tengo una casa donde mis amigos puedan beber whisky, y no dispongo de una tarjeta bancaria para hacer retiro-depósito para invitarles veinte jaleas mientras me quedo postrado en el lecho leyendo o simplemente durmiendo. Yo soy el malo por decirles a mis amigotes que todas las personas tienen cultura. Yo soy el malo porque así me sentí luego de terminar de leer mi primer libro. Yo soy el malo por tener la misma esperanza que un octogenario cuando me preguntan cuál será el rumbo de la humanidad “¡Está condenada a su auto exterminación y no hay nada que se pueda hacer!”. Yo soy el malo cuando me preguntan cuál sería una buena solución a los problemas del Perú, y se me viene a la mente la frase de Ambrosio, y la cito, y la creo, la creo fervientemente y sin reparo, digo: “Tirar una bomba nuclear en medio de la Plaza Mayor o aparearse entre todos, a ver si la genética actúa y de tanto mongolito nacen seres más inteligente”. Yo soy el malo cuando no cito correctamente a Ambrosio, y me da flojera buscar entre las páginas del libro. Yo soy el malo cuando me doy cuenta de que estoy resentido con esas trescientas y pico de mujeres que me rechazaron y que luego desfilaron por mi patíbulo diciendo “Eres lindo, pero no sé…” (Nunca un eres horrible), sin embargo, considero que eso me hubiese hecho más triste pero no más intranquilo, esa respuesta me hubiese dejado sin la posibilidad de tratar de buscar respuestas en donde no hay; y en ese peregrinaje encontrar otras preguntas y alternativas; me hubiese vuelto un tipo más plano, más sencillo, quizá hasta campechano. Yo soy el malo por no querer trabajar en un restaurante de comida rápida, porque no voy a tener tiempo para gastar el poco sueldo que cobraría. Cabrón de mala entraña (sí que me gusto esa frase, y por eso yo soy el malo). Yo soy el malo porque me atrevo a recordar cosas que tú ya enterraste. Yo soy el malo porque creo que la memoria es un mayor privilegio que el “seguir adelante”. Yo soy el malo porque guardo secretos –todos lo hacemos-, pero yo soy el malo porque le digo que los estoy guardando y no se los pienso contar. Yo soy el malo porque deseo a la mujer de mi prójimo en más de una ocasión –todos lo hacemos-, pero yo soy el malo porque después de haberlo hecho abrazo a mi prójimo –todos lo hacemos-, pero yo soy el malo porque luego de eso se lo digo “Eso no es ser malo, eso es ser huevón”, yo no pienso que sea ser huevón, yo soy el malo porque pienso que el huevón eres tú.